ANTONIO CABRERA DE LEÓN

En los momentos iniciales de esta pandemia, cuando arreciaba la primera ola mientras no había mascarillas ni EPI para los sanitarios, comenté en la prensa mi temor a la deserción de los profesionales. No ocurrió porque el compromiso con la profesión y los pacientes superó cualquier expectativa, en medio de aquella enorme mortandad. Pero el sistema quedó retratado: ni tenía suficientes profesionales tras la década de recortes, ni tenía respiradores suficientes, ni siquiera materiales básicos de protección.

Cinco olas después las carencias de materiales se han corregido, pero los gobiernos regionales han despedido, o están en ello, a los sanitarios que contrataron como refuerzos. Ahora no es como hace dos años. Muchos profesionales no pueden más. Ni aceptan aplausos de cartón-piedra, ni agradecimientos de responsables políticos que no atienden sus peticiones. Quieren un ejercicio decente de su profesión, sólo eso. Aquellas fuerzas políticas que de verdad quieran apostar por un sistema sanitario público bien harán en sacar las cuentas del número de médicos y enfermeras que faltan en los centros de salud y contratarlos. Por contra, quienes quieren destruir el sistema público saben que tienen que seguir con los despidos y recortes de personal, y están en ello.

Las guerras no se ganan si no se ocupa el territorio, y para eso hace falta la infantería. Puedes destruir al enemigo con napalm, como en Vietnam, o con drones, como en Afganistan, pero al final quien ocupa el territorio gana la guerra. La medicina de familia es la infantería del sistema sanitario, y la atención primaria es el territorio a ocupar porque es donde vive la comunidad y dónde se puede entender cómo vive y enferma la gente. Sólo así se presta una atención sanitaria de calidad. Sin médicos y enfermeras de framilia, sin atención primaria cercana a la comunidad, la asistencia sanitaria se convierte en un sálvese quién pueda y, en medio del desorden, los pacientes acuden al neurocirujano por un dolor de cabeza o al digestólogo por acidez gástrica. Matar moscas a cañonazos, o achicharrar vietnamitas con napalm, lleva al desastre muchos muertos después.

Mi abrazo para este compañero que, simplemente, no ha podido más

Antonio Cabrera de León