Presidir la restauración de un inmueble perteneciente a la saga cultural de la familia Millares Sall y afirmar que se está asistiendo al acto de apertura de un recinto temático sobre la sal marina; o aquél otro sonrojante capítulo de aseverar que se mantienen conversaciones con el director del Museo canario, Chil y Naranjo, tras ciento trece años de su muerte, no son escenas rescatadas de una enajenación onírica. Ambos sucesos tangibles fueron protagonizados, hace algún tiempo, por las respectivas consejeras de Turismo y de Cultura del Gobierno de Canarias, Rita Martín e Inés Rojas, hechos estos que nos puede dar idea de la calidad intelectual de las personas encargadas de la protección y promoción de nuestra cultura e identidad. Con ocasión de un voraz incendio forestal en la isla de La Palma y el más reciente suceso del la activación del volcán marino en la isla del Hierro, la prensa española, por error o mediocridad profesional, denominaba “Monte de Los Tiles” a lo que realmente es el Monte de Los Tilos, y “La Frontera” a lo que en verdad ha sido siempre el municipio herreño de Frontera. Pues bien, el caprichoso trastoque de denominaciones no sólo nunca fue objeto de rectificación oficial alguna sino que, también, fue miméticamente acuñado y asumido por los medios informativos de Canarias. En otra ocasión, un alcalde, para más señas de CC, mandó mutilar una obra escultórica del nuestro internacional artista, Chirino, porque restaba espacio a un baile del carnaval tinerfeño. Todo esto viene a propósito del resultado de un estudio encargado a por el Parlamento canario, que concluye que los canarios desconocen su cultura e historia. No debe sorprender el suspenso en el reconocimiento de la propia identidad cuando, además del secular y férreo colonialismo docente y cultural impuesto por España al País canario, el gobierno aquí instalado, por activa o pasiva, comete estos agravios hacia nuestros próceres o da pábulo a estas intolerables agresiones a nuestras más elementales señas vernáculas.