La pregunta no es si han de eliminarse las guardias de 24 horas o no.

La pregunta es cuándo y cómo.

Las guardias de 24 horas son una lacra para nuestro sistema asistencial que pone en riesgo la atención de calidad al paciente y la salud física y mental de los profesionales. Resulta inviable desde que lo que antes se consideraba una expectativa de trabajo se ha convertido en un turno de atención continuada durante un día y su respectiva noche.

No se habla suficiente de la doble moral que se gastan las administraciones, pidiendo jornadas laborales más cortas, incluso queriendo instaurar las 32 horas semanales mientras tiene a sus médicos trabajando casi esas mismas horas durante un solo día.

Está demasiado instaurado en la psique social que las guardias de 24 horas se usan para dormir y que los profesionales médicos las hacen porque son una forma fácil de ganar dinero y tener días libres. Debería de hacerse pedagogía, y explicar a la población que una guardia de 24 horas es una obligación, y que como tal, las condiciones de la misma no son negociables. Como tampoco se puede negociar el irrisorio precio por hora que se paga a lo que por no llamar horas extra y remunerar como tal se llamó hora complementaria. Por eso, y porque en ninguna legislación laboral se permitiría al empleador tener a sus trabajadores haciendo horas extra sin límite “por necesidades del servicio”. Tampoco se habla de que todas esas horas no cuentan como tiempo trabajado de cara a la jubilación pese a no ser horas extra. Ni de que sobre ellas pesa una fiscalidad que hace que todavía sean más sangrantes para el facultativo. Deberían de tener la cara en carne viva de vergüenza de tener a los médicos de un país con un síndrome de estocolmo atroz porque su salario (variable y caprichoso) depende de cuantas guardias tienen en un mes.

La inmoralidad de conocer las cifras de depresión, ansiedad, burnout y la tasa de suicidios entre los médicos y no hacer absolutamente nada para mejorar sus condiciones laborales debería estar marcada en la frente de cada una de las carteras de sanidad de las comunidades autónomas. Está más que demostrado como afecta a nivel físico la deprivación del sueño y su distorsión posterior por la continuidad del trabajo durante 24 horas. La ansiedad y el cansancio que los turnos de 24 horas implican. Y como afecta a la conciliación familiar. La salud mental directamente no se ve afectada, se ve destrozada. De cómo está más que probado que afecta a la probabilidad de cometer errores durante la práctica médica no hace falta ni extenderse. Alguien debería recordarles que tenemos en nuestras manos la vida de personas. Aunque fueran los mismos pacientes quien se negaran a recibir asistencia de una persona que lleva 20h trabajando. ¿Acaso subirías en un avión de alguien que llevase 20 horas sin dormir?

Es muy cómodo para las administraciones tener un trabajador durante 24 horas al que no le cuentan esas horas como jornada laboral, por tanto no tiene que darle el descanso que realmente necesita, ni como hora extraordinaria, por tanto le salen los médicos a precio de saldo. Y al día siguiente los vuelven a tener en el puesto de trabajo, listos para seguir con la maquinaria que despedaza y agota a sus profesionales.

El cómo es evidente (que no fácil). Adecuar salarios, contabilizar turnos y tener los complementos de turnicidad y peligrosidad del puesto. Que las horas extra se paguen al precio que se tienen que pagar. Y por supuesto reforzar plantillas para que esos turnos sean viables. Los profesionales tendrían un salario en condiciones y el tiempo de descanso debido. Y los pacientes una atención en condiciones por unos facultativos con las capacidades al 100%

Pero eso requiere voluntad e inversión. Cosas de las que se ha demostrado que carecen todos y cada uno de los gobiernos que han tenido en sus manos la sanidad pública de nuestras comunidades autónmas. La sanidad pública de todos y todas.

Mientras esto siga así, nunca llegaremos a ver ese cuándo

Elena Casado Pineda